La menopausia y el hueso: por qué la pérdida de músculo avanza en silencio
Especialistas de la Fundación Jiménez Díaz sitúan la transición hormonal como momento clave para detectar la pérdida de masa muscular y ósea.

La menopausia se asocia casi siempre a los sofocos y al insomnio, pero hay cambios que no se notan de un día para otro y que afectan directamente a cómo se mueve el cuerpo en las décadas siguientes. Con motivo del Día Mundial de la Menopausia, especialistas del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz han reclamado una valoración integral de la salud de la mujer en esta etapa, según informa el medio especializado ConSalud.
Qué cambia cuando bajan los estrógenos
La doctora Clotilde Vázquez Martínez, jefa del Departamento de Endocrinología y Nutrición del centro, explica que durante la menopausia se activan procesos con más trascendencia a largo plazo que los síntomas visibles. Entre ellos cita la pérdida de masa muscular y ósea, las alteraciones del perfil lipídico y una mayor tendencia a desarrollar diabetes, hipertensión arterial y obesidad.
El descenso de estrógenos, según describen los especialistas, modifica la distribución de la grasa corporal y el metabolismo de los lípidos y la glucosa, lo que eleva el riesgo cardiometabólico. A la vez, los cambios en la composición corporal y la pérdida progresiva de hueso pueden repercutir en la capacidad funcional y aumentar la probabilidad de osteoporosis y de fracturas con los años.
Es un punto importante para quien entrena o acompaña a quien entrena: la caída de masa muscular y de densidad ósea no duele ni avisa. Se detecta en una valoración clínica, no por sensaciones. Por eso los especialistas insisten en mirar factores que no producen síntomas evidentes en las primeras etapas.
Síntomas que sí se notan al moverse
Entre las manifestaciones cotidianas de la transición hormonal, el hospital enumera cefaleas, dificultades de concentración o niebla mental, cambios emocionales, molestias articulares, sequedad vaginal y variaciones del peso. Las molestias articulares son, de hecho, uno de los motivos habituales por los que algunas mujeres reducen o abandonan la actividad física justo en el momento en que el hueso y el músculo más la necesitan. Es un patrón que ya se ha descrito en otros contextos: las molestias articulares a partir de los 40 tienden a empeorar cuando se deja de entrenar fuerza.
Una valoración antes que una receta
Los especialistas de la Fundación Jiménez Díaz sostienen que la atención en esta etapa no debe limitarse a aliviar los síntomas. Plantean una evaluación que tenga en cuenta los antecedentes personales y familiares, la situación cardiovascular y metabólica, la salud ósea y las circunstancias de cada mujer. A partir de ahí, señalan, se pueden diseñar estrategias preventivas personalizadas que incluyan cambios en los hábitos de vida —mencionan de forma expresa la alimentación y la actividad física— y el seguimiento de los factores de riesgo detectados.
El planteamiento se abordó en la II Jornada de Actualización en Menopausia para Especialistas en Endocrinología y Nutrición, celebrada en el propio hospital. Entre las opciones terapéuticas disponibles figura la terapia hormonal de la menopausia, cuya indicación, subrayan, debe valorarse caso por caso según los síntomas, la edad, el tiempo transcurrido desde el inicio de la etapa y los antecedentes clínicos.
"La menopausia no es una enfermedad, pero sí una etapa que requiere una atención integral", concluye Vázquez, que reivindica el trabajo conjunto de ginecología, endocrinología, medicina de familia y psicología según las necesidades de cada mujer.
En la práctica del movimiento, esto se traduce en algo sencillo: cualquier plan de ejercicio en esta etapa gana si parte de una valoración profesional previa, sobre todo cuando hay antecedentes de fractura, dolor articular o riesgo cardiovascular conocido. Esa decisión corresponde al profesional sanitario que conoce cada historia clínica.
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Elaborado a partir de información publicada por ConSalud · Fuente primaria: documento original
