Psiquiatras piden recetar el ejercicio con dosis, como un fármaco
Un artículo de investigadores canadienses defiende dejar de dar consejos genéricos y concretar tipo, frecuencia, intensidad y seguimiento del ejercicio en consulta.

Que moverse sienta bien es un lugar común. Lo que plantean tres investigadores de los departamentos de Psiquiatría de las universidades de Ottawa y Toronto (Canadá) es algo distinto: que el ejercicio deje de formularse como un consejo vago sobre hábitos y pase a escribirse en la consulta con la misma precisión que una receta. Lo publican en un artículo de opinión en la revista Viewpoint in Brain Health, y lo recoge el medio español ConSalud.
Qué proponen exactamente
Carl Zhou, Nicholas Fabiano y Stanley Wong sostienen que una indicación médica de actividad física debería detallar qué tipo de actividad, con qué frecuencia, durante cuánto tiempo, a qué intensidad, con qué precauciones y con qué plan de seguimiento. Zhou, autor principal, resume el problema: seguimos tratando el ejercicio como una recomendación general de estilo de vida, cuando la evidencia, dice, justifica un enfoque mucho más concreto.
Conviene subrayar qué tipo de texto es este: no es un ensayo clínico nuevo ni una revisión sistemática, sino un artículo de posicionamiento que repasa literatura previa y propone un cambio en la práctica clínica. Los propios autores advierten de las limitaciones de los datos que citan.
El eje músculo-cerebro
Para explicar por qué el movimiento afecta al cerebro, los autores recurren a mecanismos como la circulación sanguínea, el metabolismo, la inflamación y la neuroplasticidad. Y a un modelo conocido como eje músculo-cerebro: al contraerse, el músculo libera moléculas de señalización llamadas mioquinas, implicadas en vías metabólicas, neuroendocrinas e inflamatorias relacionadas con la cognición y el estado de ánimo. Es la misma línea que defiende el fisiólogo que habla del músculo como órgano endocrino.
Entre los trabajos que citan figura un ensayo aleatorizado de Erickson y colaboradores publicado en 2011, que observó en adultos mayores un aumento del volumen del hipocampo anterior —una región clave para la memoria— tras ejercicio aeróbico, junto con mejoras en el rendimiento de memoria. Aun así, los autores recuerdan que buena parte de la evidencia que vincula actividad física y envejecimiento cerebral saludable procede de estudios observacionales, que no permiten establecer causa y efecto por sí solos.
Donde la evidencia es más sólida: depresión y ansiedad
El terreno más firme, según el artículo, es la salud mental. Ensayos aleatorizados y metaanálisis revisados muestran reducciones en síntomas depresivos y de ansiedad y en malestar psicológico. Un metaanálisis en red de 2024 encontró mejoras en síntomas depresivos con caminar, correr, yoga o entrenamiento de fuerza, con efectos en general mayores al aumentar la intensidad.
Un matiz relevante: los análisis de dosis-respuesta sugieren que las mejoras pueden aparecer con volúmenes por debajo de lo recomendado para población general, incluso alrededor de 75 minutos semanales de actividad moderada, aproximadamente la mitad del mínimo aconsejado. Para quien arrastra falta de energía, ese umbral más bajo cambia el punto de partida. Es una idea cercana a la que defiende el ejercicio entre los hábitos para la salud mental.
Trastornos mentales graves
El texto dedica un apartado a las personas con esquizofrenia y otros trastornos mentales graves, con mayor exposición al sedentarismo, a enfermedades cardiometabólicas y a la mortalidad prematura. En este grupo, la actividad aeróbica se ha asociado con mejoras en cognición global, memoria de trabajo, atención y cognición social. Wong advierte, no obstante, de que esos resultados cognitivos se apoyan todavía en pocos ensayos y de tamaño pequeño, y reclama estudios más amplios.
Empezar por lo posible
La referencia general sigue siendo la de la Organización Mundial de la Salud: entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o entre 75 y 150 de vigorosa, más dos días de fortalecimiento muscular. Los autores insisten en adaptarla: fragilidad, inestabilidad cardíaca o respiratoria y caídas recientes pueden exigir valoración médica previa, supervisión o posponer la actividad. Esa valoración corresponde a un profesional sanitario.
Fabiano lo plantea con una frase que resume el enfoque: el punto de partida no tiene por qué ser impresionante, tiene que ser posible. Caminar cinco minutos, ejercicios sentado o actividades supervisadas bastan para empezar, porque los pequeños logros repetidos construyen hábito.
El artículo cierra con una advertencia que trasciende la consulta: recetar ejercicio sin resolver las barreras de acceso —coste, transporte, disponibilidad de programas comunitarios— puede ampliar las desigualdades en salud en lugar de reducirlas. Un problema ya documentado en Europa, donde la brecha entre rentas altas y bajas aparece hasta al caminar.
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Elaborado a partir de información publicada por ConSalud · Fuente primaria: documento original
